El Exodo

 Prólogo

Archivo de la Misión: Génesis de Thalassa
Nave: Elysium
Fecha: Desconocida. Ciclo de sueño criogénico 1, finalizado.

La primera sensación fue el frío. Un frío metálico que se filtraba por los poros y se alojaba en los huesos. Luego, el sonido: un zumbido bajo y constante, el latido de un corazón mecánico. Finalmente, la confusión, una niebla espesa y algodonosa que envolvía la mente, negándose a ceder.

Mis párpados se abrieron a la fuerza, pesados como losas, contra la luz azulada y tenue que emanaba del receptáculo criogénico. No era la cama de mi apartamento en Cronos, ni la lámpara del laboratorio donde había pasado tantas horas. Era el cristal anti-impactos de una cápsula de hipersueño.

La memoria regresó a golpes, fragmentada. El llamado del Consejo de Unificación Terrestre. La citación al Centro de Investigación Avanzada "Prometeo". Nos dijeron que éramos los mejores, los más brillantes de nuestra generación: ingenieros, biólogos, médicos, psicólogos, agrónomos. Nos dijeron que era para un proyecto de simulación de sostenibilidad, un programa de alto secreto que requería aislamiento total. La última memoria clara era la aguja, la sensación de un líquido frío corriendo por mis venas y la voz tranquilizadora de un técnico que me deseaba "buen viaje".

Un viaje, en efecto.

Empujé la cubierta de la cápsula, que cedió con un silbido de aire presurizado. El torso desnudo se erizó con el ambiente controlado de la cámara. A mi alrededor, filas de cápsulas idénticas se abrían una tras otra, revelando a otros hombres y mujeres, todos con la misma expresión de desorientación y pánico incipiente. Jóvenes, todos. Los rostros que había estudiado en los expedientes, los cerebros que el gobierno había reclutado con promesas de gloria científica.

Miré a través del ocular de la puerta principal de la cámara. No había ventanas, solo la inmensidad negra del vacío, salpicada de estrellas distantes y frías. No estábamos en un laboratorio. Estábamos en el espacio profundo.

Mis piernas, débiles y entumecidas, me llevaron hasta un panel de control integrado en la pared. Mis dedos, aún torpes, teclearon una secuencia que, para mi sorpresa, reconocí instintivamente. Mi perfil genético y neuronal había sido clave para desbloquear los sistemas de comando. La pantalla se encendió, mostrando un logotipo familiar y a la vez aterrador: el sello del Consejo de Unificación, junto a un nombre que resonó en el silencio de mi mente como un presagio: Misión Éxodo - Nave Elysium.

Un documento se desplegó en la pantalla. "Directiva Alfa 1: Para los ojos del Capitán designado." Lo leí con una calma que no sentía. Hablaba del colapso. De la lenta y dolorosa agonía de la Tierra, nuestro mundo, nuestro hogar. Hablaba de atmósferas envenenadas, océanos ácidos, guerras por las últimas migajas de recursos. La insostenibilidad no era una amenaza futura; era la sentencia de muerte que ya se estaba ejecutando.

Y luego, la verdad brutal: no éramos voluntarios. Éramos un Arca. La última y desesperada apuesta de una humanidad condenada. El gobierno no nos había seleccionado para una simulación; nos había condenado a una misión sin retorno. El sueño criogénico no era para un experimento de meses, sino para un viaje interestelar de generaciones. Nuestro destino: Thalassa, un exoplaneta en la zona habitable de una estrella lejana, el único candidato viable para la recolonización.

Una oleada de frío más intenso que el del espacio recorrió mi espina dorsal. No éramos científicos. Éramos colonos. Semilla de un nuevo comienzo, arrancada con mentiras de un suelo moribundo.

Las voces de los demás, cada vez más fuertes y cargadas de preguntas y miedo, llenaban la cámara. Me miraron. En sus ojos no solo había confusión; había un rastro de esperanza, la esperanza de que yo, el supuesto "líder del proyecto", tuviera las respuestas.

Apreté el puño, sintiendo el peso de la verdad, un peso más abrumador que cualquier gravedad. ¿Cómo les digo que la Tierra,  ya no existe para nosotros? ¿Cómo les explico que hemos sido robados de nuestras vidas, de nuestras familias, de nuestro mundo, para ser los padres fundadores de una humanidad que quizás nunca conozcamos?

La Elysium surcaba el silencio eterno. Yo era su capitán. Y mi primer y más terrible deber no era pilotarla, sino despertar a mis tripulantes de un sueño, solo para sumirlos en la pesadilla de una nueva realidad. Tenía que informarles que éramos los últimos de Cronos, y los primeros de Thalassa. Que nuestro viaje no tenía regreso.

Bitacora del capitan Javier

Dia 45 del viaje

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  2. Me desperté desorientada, sin saber qué estaba pasando. Vi a mis compañeros de la misma manera, todos confundidos, mirándonos unos a otros. El capitán Javier nos llevó a una sala donde el ambiente era tan denso que hacía que mis huesos se congelaran; nadie decía nada. En la mirada del capitán se podía notar una gran tristeza y un vacío profundo, sin saber cómo decírnoslo, pensando: "¿Cómo les digo sin que les duela tanto?". El capitán se quedó unos minutos en silencio y después habló, y nos dijo: "Estamos re lejos de casa. La Tierra ya fue. Somos los últimos de Cronos y los primeros de Thalassa".

    Un silencio profundo invadió la sala, donde nuestras miradas reflejaban miedo y confusión. Noé, Freddy y Jesús, que siempre están molestando, se quedaron callados. Elvis, que siempre tira un chiste, no dijo nada. Alison, con su mirada intensa, analizaba todo. Mari y Vilma, las mecánicas, se miraron preocupadas.

    Por mi cabeza estaban pasando muchas cosas, cuestionándome sobre lo que nos dijo el capitán.

    "¿Y ahora qué?", pregunté, tratando de fingir calma.

    "Vamos a construir un nuevo hogar", respondió el capitán Javier, con una sonrisa que no me convenció. "Vamos a ser los padres fundadores de una nueva humanidad".

    Todo eso sonaba a un camino largo lleno de sorpresas que estaremos por descubrir; es el comienzo de una aventura para nosotros.

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  3. El registro automático marca diez días desde que dejamos la órbita terrestre, aunque podría jurar que han pasado meses. El tiempo dentro de la Égida Final se estira como una sombra sin fuente, y cada pasillo parece un eco del anterior. La tripulación empieza a perder la noción de las horas; algunos duermen demasiado, otros casi nada. El silencio ya no es solo un compañero: es un habitante más de la nave.

    Hoy recorrí el corredor central antes del cambio de turno. Encontré al Ingeniero sentado frente a uno de los paneles de mantenimiento, no porque hubiera una falla real, sino porque necesitaba “hacer algo con las manos”, según dijo. Lo conozco lo suficiente para saber que eso significa que está pensando demasiado. Nadie duerme bien desde que cruzamos la frontera gravitatoria del sistema solar.

    La Dra. pasó por la enfermería más temprano. Me pidió autorización para expandir el archivo biológico con nuevas simulaciones ambientales de Aeterna Nox. No me lo dijo, pero vi en sus ojos que no son simulaciones lo que quiere. Quiere certezas. Y en esta nave, ninguna de las treinta almas a bordo tiene una sola.

    La noche artificial fue interrumpida por una vibración leve, casi imperceptible. La mayoría no lo notó, pero yo sí. No era un fallo. Era… algo más. El tipo de alteración que un capitán aprende a sentir antes de que los sensores digan nada. Ordené un diagnóstico completo. Los monitores no registraron nada fuera de los parámetros, lo cual no me tranquiliza en lo absoluto. En el espacio profundo, lo que no aparece en las lecturas suele ser lo más preocupante.

    Hoy, por primera vez, sentí que la tripulación empieza a buscar mis ojos al pasar, como si esperaran que yo tenga una explicación para su inquietud. No la tengo. Pero camino firme, mantengo la mirada serena, y eso basta por ahora.

    Aeterna Nox sigue siendo solo un punto en nuestras cartas de navegación, pero cada día se siente más cerca, como si el propio planeta nos observara desde su pozo de sombras.

    Miro por la escotilla principal antes de apagar este registro. Detrás de nosotros no queda nada salvo la estela de un hogar que murió sin estruendo. Frente a nosotros, una oscuridad que podría ser nuestro futuro… o nuestro final.

    Diez días de viaje, y ya puedo sentir cómo la Égida Final no solo transporta cuerpos: también transporta dudas.

    Que la razón nos mantenga unidos un día más. Porque la noche —la verdadera noche— aún nos espera.

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  7. Me presento mi nombre el Luis y soy un científico especializado en navegación espacial , soy de nacíonalidad chilena y de una edad de 19 años
    Me desperté de un gran sueño, con un gran susto y con la mente llena de frustración y desesperación y me encontraba un una nave espacial. Lo único que me acuerdo fue que fui seleccionado para participar en un viaje espacial sin retorno ya que era uno de los mejores científicos de mi país.Estaba junto a muchos extraños donde conocí a un médico especializado llamado Roy quien era un chico muy bueno pero muy tímido, con el cual me lleve muy bien en todos los aspectos

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  8. Era un día soleado en la ciudad y el mecánico Vilma, estaba trabajando en su taller, arreglando un coche que había estado alli durante días, de repente, una hombre joven y el entró en el taller, con una sonrisa radiante en su rostro, Hola puedo ayudarte en algo preguntó Vilma limpiándose las manos en un trapo si por favor respondió el hombre mi coche se descompuso en la calle puedes echarle un vistazo, Vilma asistió y salió con el hombre para ver el coche después de unos minutos de revisa el motor Vilma se dio cuenta de que problema era algo simple, es un problema fácil de arreglar dijo Vilma puede tenerlo listo en una hora el hombre sonrió y se sentó en la sala de espera mientras Vilma se ponía a trabajar.

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  9. Bitácora personal – Alejandra
    Ciclo de despertar 1

    Desperté con un dolor punzante detrás de los ojos, como si mi mente hubiese sido arrancada de un sueño demasiado profundo. El cristal de la cápsula se abrió con un siseo, y el aire frío me cortó la respiración. Tardé varios segundos en recordar mi nombre, y varios más en recordar quién era.

    Alejandra.
    Exploradora.
    Veintidós años.
    Argentina.
    Exmilitar.
    Escritora de ciencia ficción.

    La ironía me golpeó más fuerte que el frío. Había pasado años imaginando viajes estelares, mundos lejanos, naves perdidas en la inmensidad. Pero escribir sobre el vacío y estar atrapada en él… eran cosas muy distintas.

    Me incorporé con torpeza. A mi alrededor, las otras cápsulas se abrían una tras otra, revelando rostros que no conocía. Ninguno me miraba dos veces. Todos estaban demasiado ocupados tratando de entender qué les habían hecho. Yo tampoco tenía respuestas; solo un temblor en las manos que intenté disimular apoyándolas en mis rodillas.

    Me obligué a respirar hondo. Mi entrenamiento militar sirvió al menos para eso: respirar cuando el miedo quiere cerrar el pecho. No sé quién decidió que yo debía estar en esta nave. No sé de qué vida me arrancaron. Solo sé que ya no hay regreso.

    Me acerqué al panel principal, donde un hombre —el capitán, según decían los archivos parpadeantes— revisaba la Directiva Alfa con una expresión que mezclaba horror y responsabilidad. Cuando nuestras miradas se cruzaron, comprendí que él tampoco sabía más que nosotros. Solo estaba tratando de no derrumbarse.

    Yo, en cambio, no tengo un rol claro. No conozco a nadie. Nadie me espera. Pero quizás… quizás eso sea una ventaja. Una página en blanco. Tal vez por eso estoy aquí.

    Mientras la nave Elysium continúa su curso hacia Thalassa, solo tengo una certeza: no dejaré que el miedo escriba mi historia. Si este es el comienzo de una nueva humanidad, entonces también será el comienzo de una nueva versión de mí misma.

    Y aunque nunca imaginé que viviría dentro de una novela espacial, sé que puedo sobrevivir.
    Y si puedo sobrevivir… puedo escribir el resto.

    Fin de la entrada.


    ---

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  10. Mi nombre es Wilber soy médico especializado de la nacionalidad de Colombia, tengo 18 años
    Me desperté de un sueño profundo, me desperté de un susto con la mente en blanco que después de un rato me recupere entre en desesperación ,estaba en una nave espacial.Lo unico que recuerdo es el gobierno nos dijo que íbamos a participar en un viaje espacial que era muy peligroso nos eligieron por que era uno de los mejores de mi país, me encontré con muchas personas que también estaban por el mismo motivo, Conocía a un médico que se llamaba Roy que también era un médico de la misma especialidad y nos llevamos muy bien.

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  11. Desperté con la sensación de haber sido empujada fuera de un sueño demasiado profundo. El aire frío me golpeó cuando la cápsula se abrió, obligándome a incorporarme aunque mi cuerpo protestaba. Todo estaba borroso al principio: luces azuladas, metal, silencio.
    Me tomó unos segundos entender que no sabía exactamente dónde estaba… ni cuánto tiempo había pasado. La información llegaba a pedazos, incompleta, como páginas arrancadas de un libro que alguna vez fue mío. Pude aferrarme a un par de cosas: mi respiración acelerada, el temblor en mis manos, y la idea vaga de mi nombre, de donde era, que trabajaba con cosas pequeñas, delicadas… cosas vivas. Nada más.
    A mi alrededor, otras cápsulas se abrían. Rostros desconocidos emergían con la misma expresión de desorientación que yo sentía. Era extraño sentirme rodeada de tantas personas y, aun así, completamente sola.
    Intenté mantener el equilibrio mientras me acercaba al centro de la sala. Fue entonces cuando lo vi.
    Un hombre estaba frente a un panel que parpadeaba con información que no logré distinguir. Tenía la postura rígida, los hombros tensos y una expresión que no dejaba lugar a dudas: algo estaba mal. Muy mal. No necesitaba que lo dijera; su mirada lo gritaba sin sonido, como si él hubiese despertado antes que todos y ya supiera algo que ninguno de nosotros quería saber.

    El ambiente se volvió más pesado. Las máquinas, el metal, los pasos tambaleantes de quienes despertaban… todo parecía lejano comparado con el peso en su rostro. Fue ahí cuando sentí ese pequeño nudo en el estómago, esa percepción instintiva de que nada era como debería ser.

    Me detuve a mitad de camino, apoyando una mano en la pared para estabilizarme. No había ventanas, ni referencias, ni un solo indicio de un lugar familiar. Solo esa sala fría, desconocida, llena de gente tan perdida como yo… y un capitán que parecía cargar con una verdad que ya no podía ocultar.
    No entendía dónde estábamos.
    Pero entendí, con absoluta claridad, que no estábamos donde se suponía que debíamos estar.
    Y entonces lo sentí.

    No un miedo fuerte y repentino, sino una inquietud más profunda, más difícil de apartar. Una sensación que se fue extendiendo desde el estómago hacia el pecho, hecha de preguntas sin respuesta.
    ¿Qué hacía allí?
    ¿Por qué había tantas personas despertando al mismo tiempo?
    ¿Dónde se suponía que estábamos?
    ¿Y qué clase de lugar era ese, tan ajeno a todo lo que recordaba?
    No había explicaciones. No había certezas.
    Solo esa confusión creciente y la sensación de que nada, absolutamente nada, tenía sentido.

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  15. Mi nombre es Vilma y después de aterrizar Maribel y yo revisamos la nave y todo parece estar bien sin embargo es importante que revisemos lo estabilizadores para asegurar de que está funcionando correctamente también debemos tener cuidado con él descenso final ya que es un momento crítico que requiere atención especial, no debemos ignorar esto detalles para evitar problemas mecánicos que pueden afectar la seguridad de la nave y tripulación en general la nave se encuentra en buen estado pero es importante realizar un seguimiento regular para asegurarnos de que todo siga funcionando correctamente.

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  16. Aún siento el hormigueo en las manos, como si mi cuerpo no hubiera terminado de aceptar que volvió a la vida. El aire aquí tiene un sabor distinto, más limpio… o quizá más artificial. No sabría decirlo. Lo único que sé con certeza es que ya no estoy en la Tierra. Y, por primera vez desde que desperté, creo que eso podría ser algo bueno.

    Mi nombre es Matilde. Psicóloga —o lo era, antes de que el mundo entero comenzara a colapsar bajo nuestros pies. Tenía apenas 23 años cuando todo se volvió humo y ruido, cuando la destrucción dejó de ser una predicción y se convirtió en rutina. Supongo que, comparado con aquello, abrir los ojos en una nave desconocida es casi un alivio.

    No conozco a nadie aquí. Solo vi rostros confundidos, miradas perdidas que reflejan lo que yo misma siento. Pero también vi algo más: una chispa pequeña, frágil, que podría llegar a ser esperanza. Tal vez… solo tal vez, estas personas sean buenas. Tal vez podamos apoyarnos unos a otros.

    Estoy en shock, lo admito. Todo es demasiado grande, demasiado ajeno. Pero si realmente somos los últimos de nuestro mundo, entonces debo adaptarme, aprender rápido y sobrevivir. No sé qué papel tendré en esta nueva vida, pero si algo me enseñó la Tierra antes de morir, es que la mente humana puede romperse… o reconstruirse.

    Quiero ayudar. Quiero entender. Quiero seguir adelante.

    La Elysium avanza hacia lo desconocido. Y yo, con ella.

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  17. Me presento mi nombre es jhenery soy astronauta mi edad es 28 años,me desperté después de dormir 45 días en una nave espacial donde había artos tripulantes y era una sala oscura había unas luces pequeñas en hay la vi a britani q era una médica y nos llevamos muy bien junto ala exploradora Alejandra donde llegamos a un lugar y bajamos con la médica britani, exploradora Alejandra y yo fuimos a inspeccionar junto con la exploradora el lugar se llamaba talasa asta q el piloto Cristian esté arreglando y asegurarse q la nave espacial esté bien junto con el militar Elvis

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  18. Me presento mi nombre es Cristian soy el piloto de la nave espacial mi edad es 28 años,me dormí 49 días y lo coloque en automático lanave espacial desperte dentro los 49 días donde había artos tripulantes en la nave espacial y estaba la sala oscuro y habías unas luces pequeñas y en hay le ví a Roy el medico y Elvis el militar, Alejandra la exploradora y llegamos a un lugar y bajamos con la mecánica Vilma bajamos a arreglar y a asegurarse q la nave espacial esté bien y la exploradora Alejandra fueron a inspeccionar junto con la estranauta jhenery el lugar se llamaba talasa asta q yo y la mecánica Vilma esté arreglando y asegurarse q la nave espacial esté bien junto con el militar Elvis

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  19. Me presento mi nombre es Roy y soy un doctor en la navegación espacial , soy de nacionalidad colombiana y una edad de 20 años.

    Me desperté de un gran sueño con susto de frustración y me encontraba en una sala , como una nave espacial , lo único que me acuerdo es de que fui seleccionado por el gobierno para ir a un viaje espacial sin retorno ya que era unos de los mejores doctores de mi país.

    Estaba junto a muchos extraños, dónde conocí a un científico especializado llamado luis, que era chico muy bueno y inteligente con el cual me lleve con todos los aspectos.

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  20. Bitácora de la Doctora Aria Mendoza, Etóloga Interplanetaria

    Nunca pensé que el silencio pudiera sonar tan… vivo. En Thalassa-9, incluso el aire parecía contener una respiración que no era humana. Cada paso en la superficie desconocida hacía vibrar el suelo como si una criatura gigantesca durmiera bajo él.

    Yo era la única veterinaria a bordo del Arca Biológica Harmonia. Me seleccionaron—o al menos eso creí—para estudiar formas de vida exóticas. Pero al despertar del criosueño, descubrí la verdad: no veníamos a estudiar. Veníamos a reemplazar.

    Nuestros animales, cuidadosamente preservados en cápsulas, no eran muestras científicas… sino los últimos vestigios de la fauna terrestre. Cada especie que cuidaba, cada latido diminuto bajo mis dedos, era un recuerdo vivo de un mundo que ya no existía.

    Los demás tripulantes me miraban con la misma mezcla de miedo y esperanza que solo nace cuando la mentira ya no puede sostenerse.

    —Doctora Mendoza —me dijo el comandante—. Necesitamos saber si sobrevivirán aquí.

    Pero lo que no se atrevía a preguntar era lo que todos temían:
    ¿Sobreviviremos nosotros?

    La atmósfera era distinta, la gravedad cambiante, y las criaturas nativas —sombras luminiscentes que acechaban a la distancia— observaban con una inteligencia inquietante. Cada análisis decía lo mismo: nuestro ecosistema no estaba preparado para este mundo… y este mundo no estaba preparado para nosotros.

    Sin embargo, mis pacientes—un gato de laboratorio llamado Nube, dos guacamayos rojos, y un zorro ártico que apenas abría los ojos—dependían de mí. Eran los últimos guardianes del pasado.
    Y tal vez, los primeros puentes hacia el futuro.

    En mi corazón sabía que no se trataba solo de salvarlos a ellos.
    Se trataba de preservar la memoria de la Tierra.
    De crear un equilibrio donde nunca antes había existido uno.

    Pero mientras observaba las luces moviéndose entre las montañas de cristal, comprendí algo aterrador:
    Aquí, nosotros éramos la especie invasora.

    Y como veterinaria, como protectora de la vida, debía decidir si nuestro derecho a comenzar de nuevo justificaba el riesgo de destruir este mundo… o si había llegado la hora de aprender a coexistir con lo que no entendíamos.

    Hoy, en esta bitácora, dejo constancia:

    “Somos los últimos guardianes de un hogar perdido, tratando de no convertirnos en los verdugos de uno nuevo.”

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  21. Lo primero que sentí fue un frío extraño, metálico, como si me hubieran dejado dormir dentro de una máquina. Abrí los ojos y la luz azulada me obligó a parpadear. Cuando pude enfocar, descubrí que estaba dentro de una cápsula de hipersueño.

    Empujé la cubierta y salí temblando. A mi alrededor, otras cápsulas se abrían y la gente despertaba igual de confundida. Nadie entendía nada. Nadie sabía qué hacíamos allí.
    Estábamos en el espacio. Muy lejos de la Tierra.

    El hombre —el capitán, según la pantalla— leyó algo que no nos compartió al instante, pero su expresión lo dijo todo: algo terrible había pasado allá afuera.

    Sentí las piernas aflojarse. Yo no sabía nada, no había elegido esto. Pero estaba aquí, atrapada con los demás, sin camino de vuelta.

    Y por primera vez entendí que nuestro despertar no era el final del viaje… sino el comienzo.

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    1. La restitución de la consciencia comenzó con una Doctora con un estímulo térmico adverso: frío intenso, de cualidad metálica, penetrando progresivamente la superficie cutánea hasta generar una sensación osteal profunda. De forma casi simultánea emergió un componente auditivo: un zumbido grave y rítmico, compatible con sistemas electromecánicos operativos en régimen continuo. La reorientación cognitiva, sin embargo, se vio obstaculizada por un estado de obnubilación transitoria, similar a una niebla neuroperceptiva que retardaba el acceso a funciones superiores.

      La apertura de los párpados —realizada mediante un esfuerzo muscular significativo, indicativo de atonía residual post-criogénica— reveló un entorno iluminado por un espectro azul tenue, característico de los módulos de soporte vital. Frente a mí, el cristal de seguridad del receptáculo de hipersueño confirmaba el contexto: no me encontraba en mi apartamento de Cronos ni en el laboratorio donde había trabajado durante años, sino en una cápsula criogénica estándar de transporte interestelar.

      La memoria procedimental y episódica retornó de manera fragmentada, como impulsos aislados que exigían recomposición: la notificación del Consejo de Unificación Terrestre; la posterior convocatoria al Centro de Investigación Avanzada Prometeo; la evaluación de aptitudes que seleccionó a un equipo interdisciplinario —ingeniería, biociencias, medicina, psicología, agronomía— bajo el argumento de participar en un “programa de simulación de sostenibilidad” clasificado de nivel máximo. La última imagen nítida previa a la pérdida de conciencia fue la inserción de una cánula, la infusión de un agente crioprotector a baja temperatura y la voz de un técnico deseándome, de manera casi protocolaria

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  23. El frío fue lo primero. No un frío cualquiera, sino ese tipo de helada que conozco bien: la que se cuela por las juntas de un fuselaje cuando la cabina pierde presión. Un frío quirúrgico, calculado, que se adhiere al cuerpo como si quisiera inmovilizarlo. Después llegó el sonido: un zumbido grave, estable, idéntico al arranque lento de un reactor entrando en régimen mínimo. Finalmente, la confusión… una especie de turbulencia mental, densa, que me impedía fijar rumbo a un solo pensamiento.

    Abrí los ojos con el mismo esfuerzo con el que se levanta una compuerta dañada. La luz azulada del criotanque me cegó por un instante; no era el panel de instrumentos de la cabina de entrenamiento, ni las luces cálidas del hangar de vuelo en Cronos. Era el cristal blindado de una cápsula de hipersueño… y yo estaba dentro.

    La memoria regresó como un registro de vuelo parcialmente corrompido: datos sueltos, fragmentos sin continuidad. Recordé la convocatoria del Consejo de Unificación Terrestre. El transporte al Centro de Investigación Avanzada “Prometeo”. Nos reunieron a todos: pilotos, ingenieros, biólogos, médicos, estrategas. “Los mejores de su generación”, dijeron. Nos prometieron que se trataba de un proyecto de simulación, un programa experimental que exigía aislamiento absoluto. Nadie hizo demasiadas preguntas: algunos por ambición, otros por disciplina. En mi caso, por costumbre. Uno se entrena para despegar aunque ignore el estado del cielo en destino.

    Mi última imagen antes del apagón fue una aguja, una descarga fría recorriéndome las venas y la voz de un técnico —voz casi mecánica, como si recitara un manual— deseándome “buen viaje”.

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